La vida como una misión permanente
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5 de abril del 2026
“Un amor humilde y servicial que no repara en la propia dignidad, sino que sabe ponerse a los pies del otro para aliviar su cansancio, limpiar su suciedad y acogerlo en su propia mesa”.
Esta frase de J.A Pagola, compartida por Solmary una de las participantes de esta experiencia como saludo de Pascuas de Resurrección, describe perfectamente el sentido de estos días de encuentro, misión, formación, reflexión y acción. La Semana Santa ha sido el marco ideal para esta experiencia de servicio y peregrinaje, de contemplación en la acción, de encuentro con la vida a partir de la tragedia y el dolor de la humanidad: una verdadera experiencia de “lavarnos los pies” cansados por el camino.

Foto: Elvin López – Venezuela
Han pasado cuatro años desde la Semana Santa en que nos encontramos en la región fronteriza entre Venezuela y Colombia para, junto con jóvenes que han elegido el voluntariado, “migrar hacia lo extraordinario” y “dar otro paso más” en la promoción de la dignidad humana de todas las personas forzadas a migrar. Un tiempo para compartir la alegría de reconocer a Dios en cada ser humano y salir a su encuentro para desde el cuidado y la hospitalidad aportar en la construcción de una revolución del amor.
Durante esta experiencia, descubrimos que estar en misión por unos días es aprender también que es posible vivir la vida como una misión. Que a través de la fe que se hace obras desde un Dios que es Amor y Servicio, se puede vivir la vida en misión permanente. Que ser Iglesia es reconocer que somos parte de un movimiento global guiado por la búsqueda permanente de una mejor humanidad.
Afirmamos que en cada ser humano, y en cada ser con vida, habita Dios, que somos templos de Dios, y que si de verdad creemos en esa idea, quiere decir que cada persona es divina. Así que solamente tenemos un camino: hacer reverencia ante la otra persona y servirle con todo el amor.
Vivir la vida en misión es también reconocer que Dios se nos presenta de manera privilegiada en las personas más vulneradas de la sociedad. Esa es la enseñanza principal de Jesús.
En estas Pascuas de Resurrección, compartimos un relato sobre la experiencia de voluntariado y migración, publicado en Promotio Ilustitiae en el año 2022.
Caminantes: Un clamor de los pobres de la tierra
Natalia Salazar y Luis Fernando Gómez
Dimensión Hospitalidad, RJM-LAC
El clamor de la migración forzada está siendo escuchado por jóvenes que, desde la cultura de la hospitalidad, eligen acompañar el camino de quienes sufren las injusticias. A continuación, presentamos nuestro testimonio de esperanza.
Han sido 17 días para escuchar el clamor de personas provenientes de Venezuela, que en su huida recorren a pie las carreteras de varios países, iniciando su camino en Colombia. También para aprender sobre la respuesta de las personas jóvenes voluntarias que salen a su encuentro como opción de servicio y transformación de la sociedad.
Comenzando el mes de abril del 2022 y en el marco de la Semana Santa, como equipo animador de la dimensión hospitalidad de la Red Jesuita con Migrantes Latinoamérica y el Caribe, contamos con el privilegio de acompañar un tiempo de misión con jóvenes en la región fronteriza entre Venezuela y Colombia. Se trata de una experiencia de encuentro entre personas de Venezuela, Colombia, Ecuador y Brasil que, desde la vivencia de la espiritualidad Ignaciana en el servicio y la fraternidad, están en la búsqueda de caminos para transformar la realidad de exclusión, discriminación e indiferencia en los territorios por donde se ven obligadas a caminar las personas migrantes forzadas.

Foto: Luis Gómez - Red Jesuita con Migrantes
Caminantes sin tierra en la Casa Común
Cuando las personas caminantes cruzan la imaginaria línea fronteriza entre Venezuela y Colombia, ya han dado muchos pasos entre ciudades y pueblos de su propia nación, en un éxodo constante y numeroso de hombres y mujeres, jóvenes, niñas y niños, familias enteras, pueblos indígenas. Un “flujo” de personas sin tierra que avanzan por distintos países de América Latina huyendo de las violencias y del empobrecimiento generalizado, que representan el grito de quienes, al perderlo todo, solamente cuentan con sus propios pasos sobre la tierra para buscar la vida.
Tal vez, la palabra que mejor describe la condición de las personas caminantes sea el “desarraigo” puesto que su relación con los territorios, propios y ajenos, es de huida y tránsito permanente hacia otro lugar. Comparten las causas profundas de la migración forzada con tantas otras personas que buscan protección internacional, se enfrentan a los mismos vacíos de protección en el camino y transitan “auténticas fronteras de muerte”.
En “Laudato Si” el Papa Francisco señala con claridad la contradicción profunda que enfrentan las personas forzadas a migrar en Latinoamérica y el Caribe, y ayuda a comprender las razones por las cuales muchas de ellas se ven empujadas literalmente a “caminar”. Dice: “La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso” (LS §52).
El camino que hoy emprenden millones de personas en toda Latinoamérica y el Caribe para rescatar la vida, representa una dolorosa experiencia existencial, implica la desprotección de sus derechos fundamentales y nos plantea como humanidad un interrogante sobre el futuro de todas y todos en esta Casa Común.
Acompañando sus pasos
Las personas migrantes forzadas y en particular aquellas caminantes, viven día a día lo que significa la incertidumbre, saben muy bien cómo se puede encontrar la esperanza a partir de las tragedias humanas. Las personas obligadas a huir pueden ser las maestras que nuestra humanidad necesita, junto con ellas podemos lograr algo extraordinario: ser más humanidad y seguir avanzando hacia un nosotros cada vez más grande. Caminando junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia (PAU 2) podremos construir el futuro de esperanza que necesitamos.
Bajo esta mirada común, la Red de Juventud y Vocaciones y la Red Jesuita con Migrantes de la CPAL, logramos favorecer entre el 1 y el 17 de abril del 2022, este encuentro de jóvenes voluntarios del Proyecto Javier de Venezuela y jóvenes de procesos comunitarios acompañados por el JRS Colombia, con la participación de jesuitas en formación de Brasil, Ecuador y Venezuela, y colaboradores del JRS Venezuela, Colombia, JRS LAC y del SJMR Brasil.
Como parte de la experiencia para sentir, pensar y actuar, hemos salido a caminar unos kilómetros de la ruta migratoria, acompañando los pasos de las personas caminantes que se desplazan por una autopista que no fue diseñada para el tránsito de personas, bajo el sol implacable y el ensordecedor ruido de los automóviles que avanzan a gran velocidad. Al contemplar la realidad en la acción del caminar, vamos al encuentro con Dios en el interior del corazón de cada una y cada uno de quienes ahora somos peregrinos, sentimos la creación exuberante a nuestro alrededor en montañas que se extienden desde aquí hasta el sur del continente.
Por un momento Dios está caminando a nuestro lado: se llama Cleiver, va con sandalias y una mochila improvisada, este es su segundo viaje y ahora su meta es llegar a Perú. Con una gran sonrisa comparte la experiencia de su primer viaje y nos dice con alegría “que, aunque el camino es duro, la meta se puede cumplir”. Con amor nos despedimos y guardamos esa hermandad que nos hace humanos al permitirnos el encuentro real y sincero. Dios habla en las personas migrantes y con amor nos dice: “yo no le deseo esto a nadie”. Con el mismo amor Dios afirma a través de las palabras de quienes van a su encuentro: “es una persona humana que debemos abrazar con el corazón”.

Foto: Elvin López – Venezuela
Entonces emerge la pregunta por el sentido, por la teología y también por la dimensión social de nuestro actuar, por la liberación del ser humano y de los pueblos. Sabemos que no se van, sino que huyen, que caminan como una última opción personal y familiar, pero también reconocemos que se trata de un llamado de atención, de un acto de resistencia, de un peregrinaje, incluso de una apuesta estética para decir que ellas y ellos son la sangre que corre por “las venas abiertas de América Latina” (Galeano) y que somos “un pueblo sin piernas pero que camina” (Calle 13).
Este encuentro de jóvenes ha implicado momentos para el conocimiento de la realidad de las comunidades locales en la región fronteriza tanto en Venezuela como en Colombia, para la reflexión sobre las posibilidades de acción desde el voluntariado y para el diseño de acciones de comunicación e incidencia pública. En general, ha significado un tiempo de camino compartido entre personas migrantes forzadas que buscan recuperar la vida, personas jóvenes que eligen darle sentido profundo a su existencia, profesionales que deciden acompañar el camino de víctimas del destierro, jesuitas que se encuentran en salida para irradiar su espiritualidad, personas de las comunidades locales que trabajan para transformar la realidad desde la solidaridad y el compromiso con lo común.
Todas y todos caminantes de esta casa común encontrándonos en la “frontera” para reconocernos humanidad y actuar en consecuencia. A partir de lo vivido y sentido, seguimos afirmando, como desde hace varias décadas lo hacen distintos movimientos y procesos sociales, que “nuestro planeta se encuentra amenazado” y que los modelos económicos que tenemos no son sostenibles, dando como resultado que millones de seres humanos empobrecidos, sin acceso a la tierra ni a los medios de vida para sí mismos y sus familias, sigan siendo empujados a caminar para mantenerse con vida. La tierra grita de dolor, las personas caminantes gritan de sed, de hambre y de cansancio, y su grito es un llamado, es una invitación para un cambio radical en nuestras vidas.

Foto: Elvin López – Venezuela
Una revolución del amor
Ese amor humilde, que se expresa en la sencillez como único camino real para cuidar de la Casa Común, es también testimonio actual de la invitación del P. Pedro Arrupe, S.J. para vivir una “revolución del amor” que, desde su mirada del mundo e inspiración del JRS, pasa por acoger y cuidar a las personas que son forzadas a dejarlo todo para buscar refugio. Acompañar el camino de personas migrantes, refugiadas y desplazadas es el elemento central de esta experiencia de voluntariado; por esto ha sido tan significativo salir a caminar la ruta migratoria para ver, sentir y acompañar los pasos de millones de personas que en el mundo son obligadas a huir para comenzar de nuevo.
En medio de la cultura del descarte, la fraternidad y la amistad social son los caminos para la construcción de un mundo mejor, nos dice el Papa Francisco en Fratelli Tutti, y nos recuerda como “un extraño en el camino” puede ser la clave para aprender a ser más y mejor humanidad. Durante estos días de encuentro hemos sido caminantes, hemos elegido dar otro passo más para mirarnos a los ojos y cambiar el mundo desde el servicio y el amor generoso.

Así, seguiremos afirmando junto a las personas más jóvenes, que solamente podremos construir el futuro de esperanza si incluimos en ese propósito a todas las personas “descartadas del mundo”, las personas forzadas a migrar, y que a través de sus vidas, Dios nos permite recorre el camino de la paz en la cultura del cuidado de todas, de todos y de todo.
Han sido días para conectar con la decisión de vivir para servir, para amar desde el encuentro y el cuidado mutuo (de ese amor “que es también civil y político” LS §231), promoviendo una mayor cultura de la hospitalidad con el horizonte de la reconciliación en nuestras sociedades. Al disponernos para el encuentro con las personas caminantes, aprendemos que la fraternidad es una vía de esperanza para la humanidad. Desde esta parte de América Latina y el Caribe, elegimos dar otro paso más para que tanto dolor y sufrimiento tenga algún sentido. Junto con las personas caminantes y con las personas jóvenes, reconocemos que la misión compartida en esta revolución del amor consiste en caminar juntas y juntos persiguiendo la utopía, pues, aunque inalcanzable, es gracias a ella que seguiremos avanzando. Dios está en cada paso que damos.
Algunos frutos de esta experiencia comenzaron a ser aprovechados en las comunidades locales donde las y los jóvenes voluntarios compartieron su vida en misión, otros frutos se van encontrando a través de piezas audiovisuales con testimonios y propuestas de acción creadas desde ellas y ellos, la mayor parte de los frutos de este encuentro serán cosechados en el futuro de servicio de estos hombres y mujeres que han elegido ser para los demás y con los demás. Gracias a Dios por sus vidas.
A través de esta publicación queremos hacer memoria y agradecer la vida de nuestro compañero Luis Santaella, fallecido el 8 de febrero del 2026, quien fue parte muy importante de la construcción de esta experiencia de voluntariado en la región fronteriza.






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